Esta fase del recorrido imparable era necesaria. La difícil accesibilidad del territorio nos obligó a adoptar un nuevo medio de transporte: la Imparable aérea. Solo así podríamos cumplir la meta de visitar ocho departamentos en diez días.
El viaje comenzó en el departamento del Caquetá, aterrizando en Florencia, una ciudad que mezcla el verdor de la selva con el espíritu resiliente de su gente. Allí visitamos diferentes medios de comunicación locales y, en uno de ellos, conocí a la popular Doña Gloria —una mujer nacida en Medellín que un día decidió cambiar el rumbo de su vida para instalarse en Florencia—. Con la sabiduría de quien ha vivido de todo, me contó que, aunque aún se rebusca para sostenerse, lo que más anhela no es trabajo, sino espacios de recreación y descanso, como los que impulsamos en Bogotá con las Manzanas del Cuidado. En Florencia, el desafío más grande es la falta de oportunidades estables: el desempleo y la informalidad golpean a una población que, pese a todo, mantiene viva su esperanza.
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Un recorrido que conecta con la naturaleza
Nuestro siguiente destino fue San José del Guaviare, un territorio históricamente marcado por la violencia. Durante décadas fue corredor estratégico del conflicto armado, afectado por la presencia de grupos ilegales y la erradicación forzada de cultivos. Hoy, sin embargo, el desarrollo económico ha comenzado a abrir nuevas posibilidades para sus habitantes. Recorrimos el municipio, recogimos firmas y participamos en una sesión de la Asamblea Departamental, donde los diputados ofrecieron un saludo de reconocimiento a La Imparable. Fue un gesto simbólico pero poderoso: no es común que un recorrido presidencial llegue hasta allí. San José del Guaviare, con su gente amable y trabajadora, nos recordó que la verdadera reconstrucción del país empieza donde históricamente ha sido olvidado.
Pero San José tenía mucho para mostrarnos. Navegamos por el río Guaviare, pasando por el río Nowén, que conecta con el departamento del Meta, hasta llegar a uno de los lugares más enigmáticos de la Amazonia: la Puerta de Orión. Dos gigantescas formaciones de roca, de más de 12 metros de altura y seis de ancho, se alzan sobre la selva como si custodiarán un portal al cielo. Entre sus paredes cubiertas de líquenes y musgo, el viento silba con fuerza y las aves sobrevuelan el horizonte, dándole vida a un paisaje que parece de otro planeta. Desde allí se observan las serranías, los ríos serpenteantes y los tonos rojizos de la tierra que anuncian la inmensidad del Guaviare. Los guías locales nos contaron que la Puerta es considerada un lugar sagrado por las comunidades indígenas, una conexión entre el mundo terrenal y el espiritual. Estar allí fue entender que Colombia no solo se recorre: se siente, se respira y se escucha en el murmullo de su selva.
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Las raíces de nuestro país
El recorrido se volvió cada vez más autóctono a medida que nos adentrábamos en la selva. Llegamos a Mitú, capital del Vaupés, aterrizando en una pista rodeada de verde infinito. Allí nos esperaba la Maloka Imparore, considerada la más grande de América Latina, un espacio sagrado donde convergen las comunidades indígenas de la región. En ese lugar participamos en un acto de purificación, guiados por los sabedores del pueblo Sáima Cachivera, quienes compartieron su historia y enseñanzas sobre el respeto a la tierra. El capitán de la comunidad nos presentó al maestro que, durante 22 años, ha educado a niños y jóvenes en medio de la selva. Con orgullo nos habló de su hijo, quien se prepara para continuar su legado. En el río Cachivera, donde el agua corre clara entre piedras milenarias, conocimos también a su esposa, lideresa del comité de infancia y adolescencia de la capitanía. Una familia entregada al servicio público, ejemplo de compromiso y amor por su comunidad.
Una escalada hacia Mavicure
Desde Mitú, el viaje continuó hacia Inírida, capital del Guainía, una joya escondida entre los ríos Inírida, Guaviare y Atabapo. Este municipio, aunque pequeño en extensión urbana, abarca un territorio inmenso lleno de biodiversidad y riqueza cultural. Navegamos por más de una hora río arriba hasta llegar a los majestuosos cerros de Mavicure, custodiados por la comunidad indígena Puinave, quienes protegen ese ecosistema sagrado. La expedición implicó escalar más de un kilómetro de montaña sobre roca húmeda y bajo un clima cambiante, donde la neblina parecía proteger los secretos del lugar. Justo cuando la lluvia cesó y el sol comenzó a filtrarse entre las nubes, los dioses de la montaña nos regalaron una vista indescriptible: los tres cerros emergiendo del río como guardianes del tiempo. Fue el cierre perfecto para un recorrido inolvidable que nos reafirmó una convicción: la Amazonia y el Orinoco no son la periferia del país, son su corazón palpitante. Y desde allí, la energía, la vida y la fuerza imparable seguirán marcando el rumbo de Colombia.
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¡Llegamos al Amazonas!
Luego de dejarnos deslumbrar por la naturaleza, volamos hacia el departamento del Amazonas, hasta su capital, Leticia, con el objetivo de conocer el Centro de Estudios de la Amazonía – SINCHI, una institución dedicada a la investigación científica sobre los ecosistemas, la biodiversidad y las comunidades que habitan la selva. Allí entendimos que cuidar el Amazonas no es una consigna simbólica, sino un reto real que implica conocimiento, innovación y trabajo conjunto entre el Estado y las comunidades locales.
Durante nuestra visita también escuchamos las voces de la población, que reclama atención urgente en proyectos como el embarcadero de Leticia, punto de conexión con la triple frontera. Hoy este espacio, que debería ser símbolo de integración y comercio sostenible, se encuentra deteriorado y abandonado por el Estado, afectando la movilidad, el turismo y la economía de cientos de familias ribereñas.
Navegamos por el imponente río Amazonas, pulmón del planeta, y llegamos hasta la isla de Santa Rosa, donde el problema ambiental va mucho más allá de una discusión política: el cambio climático está alterando los ciclos del río, reduciendo la pesca y afectando la vida de las comunidades que dependen directamente de sus aguas. En este lugar entendimos que los efectos del abandono estatal se suman a una emergencia silenciosa que no puede seguir ignorándose.
Y cuando pensamos que conocer el Amazonas sería una de las experiencias más profundas del recorrido, nos esperaba Puerto Carreño, capital del Vichada. Allí recorrimos el majestuoso río Orinoco, una de las cuencas más importantes de Sudamérica, que separa y a la vez une a Colombia con Venezuela. En sus aguas pudimos observar y nadar junto a las toninas, los delfines rosados del Orinoco, un espectáculo natural que podría convertirse en un símbolo del turismo ecológico colombiano.
Sin embargo, la falta de promoción turística y la ausencia de infraestructura mantienen a este territorio en el olvido. El turismo en Puerto Carreño se basa en la observación de fauna, la navegación, los atardeceres del Orinoco y la pesca deportiva, una práctica tradicional que hoy enfrenta intentos de penalización, poniendo en riesgo la economía de cientos de familias que dependen de ella.
Entre sus atractivos también se encuentra el Cerro de la Bandera, desde donde se contempla toda la llanura del Vichada. A sus pies está una sede de la Universidad EAN, donde jóvenes de distintas regiones del país realizan sus prácticas académicas en proyectos de investigación ecológica y desarrollo sostenible. Este territorio, rico en biodiversidad y cultura, representa una oportunidad para construir un modelo de país que respete la vida, el conocimiento y la fuerza imparable de sus comunidades.
El llano nos despidió de la travesía Imparable
Con ese maravilloso destino nos despedimos de la Orinoquia amazónica y dirigimos nuestra atención hacia los llanos de Colombia, con destino a Yopal, capital del Casanare. En este territorio, los llaneros nos recibieron con su hospitalidad característica y con una preocupación compartida: la posible penalización de prácticas tradicionales como el coleo, una expresión cultural profundamente arraigada en la identidad llanera. Nos explicaron cómo esta tradición está estrechamente ligada a la historia, la ganadería y la vida cotidiana del llano, y cómo su preservación representa la defensa de una cultura que ha dado identidad al país entero.
También tuvimos la oportunidad de conocer a jóvenes artistas que mantienen viva la música llanera, herederos de un arte que combina fuerza, sentimiento y orgullo regional. Entre arpas, cuatro y maracas, nos mostraron que la cultura es el alma viva de estos territorios.
Nuestra despedida de Yopal fue en el Cerro de la Virgen, que nos recibió con un fuerte aguacero y una vista imponente de la noche llanera. Desde allí, comprendimos el valor simbólico de este lugar: un punto de encuentro entre la fe, la naturaleza y la esperanza de quienes habitan el corazón ganadero del país.
El llano también nos invitó a escuchar las voces de sus empresarios y productores, quienes señalaron con preocupación el deterioro de las vías y la falta de conectividad que limita el desarrollo de la región. La mejora en la infraestructura permitiría una conexión directa entre la Orinoquia y la Amazonía colombiana, potenciando el comercio, el turismo y la integración territorial.
Así concluyó un recorrido extenso y extenuante por las regiones más apartadas —y a la vez más protegidas por la naturaleza— de nuestro país. Un viaje que reafirma la convicción de que el futuro de Colombia se construye desde sus territorios, escuchando a su gente y reconociendo la fuerza imparable que nace en cada rincón olvidado, pero lleno de vida.


